A ciencia cierta, para el psicoanálisis lo femenino es propiamente lo que elude la clasificación: no en vano, la clasificación es un principio cuya lógica parte de la oposición binaria de dos términos [1]. Pero basta con situar la medida de las cosas, decir de algo que está en su sitio, o en el contrario, para que sepamos con seguridad que ahí no vamos a encontrar el relieve femenino. Irremediablemente, una mujer no está al lado del varón; tampoco del otro lado. Ni en frente, ni detrás, ni por oposición a, ni en el reverso. Lo prueba el desencuentro. Digamos que, entre deslices, el par sexuado padece de su disparidad cuando quiere encontrarse. Es preciso un aparato tan enrevesado como el amor para arrejuntar una churra y una merina (el amor feminiza, es sabido).

Precisamente porque el amor no alcanza a todas partes se insiste en encajonar las cosas. Y en efecto, hay trastornos de los llamados mentales que según parece son propiamente cosa de mujer.

Como no podía ser de otra manera, el lustroso (y zarandeado) DSM 5 presenta consideraciones sobre el género. Si las diferencias de sexo son del orden de la genética (XX/XY), las de género remiten además a “la autorrepresentación del individuo, incluidas las consecuencias sociales, conductuales y psicológicas del género percibido en uno mismo” [2]. Oscilarían por tanto entre el binarismo real del gen, el solipsismo… y una multitud de entidades sin referencia que conciernen al self. El DSM revela en esta clase de aseveraciones su forma de constituirse como “lenguaje común” [3]: lo vago y lo indefinido, particularmente si acumula términos abstractos cotidianos, facilita ciertamente el supuesto entendimiento universal.

Vayamos a un ejemplo más concreto, de esos que permite romper las aguas, instalando un binarismo sin fisura sobre el que edificar un mundo de hechos. El DSM 5 ha legitimado el llamado “trastorno disfórico premenstrual” [4], que postuló su candidatura en las páginas tardías del DSM IV sin alcanzar el podio. Oiga, el género será incierto, dependerá de la sociedad, del yo, de la psique o del vecino de en frente, pero hay al menos un trastorno que es mental pero se da exclusivamente en un sexo de los dos que pueden contarse en la especie. Y quizás sólo uno: no en vano, las disfunciones sexuales se presentan por parejas. Tanto monta, monta tanto: si hay trastorno de excitación sexual femenino, existe el trastorno del deseo sexual hipoactivo en el varón. Encontramos la eyaculación precoz o retardada, pero también el trastorno orgásmico femenino. Se reporta el trastorno eréctil, enemigo del coito tanto como el dolor por penetración…

Pero en un mundo incierto, la regla sigue siendo un referente para situar algo, en este caso una psicopatología sin contrapartida masculina.

Ahora bien, los síntomas considerados, que deben presentarse a las puertas de la menstruación, son más bien lábiles, sutiles, ligeros, desde el plano de la tradición epistémica psiquiátrica: “irritabilidad intensa, o enfado”, “ansiedad, tensión, y/o sensación intensa de estar excitada o con los nervios de punta”, “disminución de interés”, “dificultad de concentración”, “fatigabilidad fácil”, “anhelo de alimentos específicos”, etcétera.

Afectaría a entre el 1,8 y el 5,8% de las mujeres con menstruación. Entre los factores de riesgo, causas ambientales (estrés, traumas, cambios estacionales, aspectos socioculturales de la conducta sexual femenina y “del papel del género femenino”), y factores genéticos y fisiológicos (heredabilidad entre un 30% y un 80%).

Del tratamiento, ni una palabra; no obstante, las webs del NIMH [5] o de Harvard [6], así como The Lancet [7], priorizan los Inhibidores de Recaptación de la Serotonina.

En un mundo de autoridades decaídas, palabras vaporosas y nubes de información, la sangre sigue anclando los designios de lo femenino en el DSM. El manual ha ido perdiendo referencias capitales de la psicopatología como la histeria, la melancolía, o la psicosis infantil: cierto. El proyecto DSM prolifera, tiñendo al gusto de las farmacéuticas las esferas de la vida cotidiana: cierto. El trastorno disfórico premenstrual es un ejemplo claro de ello: cierto.

Y, sin embargo, la verdad tiene estructura de ficción. El matiz real del asunto parecería apuntar a que el ser que sangra periódicamente debe, aún, guardar en su íntima oscuridad un pathos propio. Mutatis mutandis el útero, causa de sofocación y convulsiones en tiempos de Hipócrates, hacía de la histeria el trastorno puramente femenino.

Hector García de Frutos. 

 

  1. Miller, J.-A. (1997). La conversation d’Arcachon. Paris : Le Paon. pp. 153-154.
  2. American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. P. 15.
  3. Ibíd., pp. XIV y 11.
  4. Ibíd., pp. 171-175.
  5. NIMH
  6. Harvard
  7. The Lancet