Fueron famosos los duelos dialécticos de madame de Staël con Napoleón. En uno de ellos el emperador le preguntó a Mme. de Staël por qué las mujeres se metían en política (madame de Staël había apoyado a Tayllerand durante la Revolución Francesa) a lo que ella respondió: “Pues verá usted, en un país donde han decapitado a muchas mujeres también es lógico que las pocas que quedamos nos preguntemos por qué”. En efecto, si las mujeres están capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no pueden subir a las tribunas públicas?

Pero, tratándose de Mme de Staël, nada mejor que recordar el retrato que nuestro más famillonario[1] creador de agudezas, Heinrich Heine, hizo de Mme. De Staël [2], poniendo al descubierto la naturaleza de sus rifirrafes con el emperador.

En una de sus obras más conocidas, Deutschland. Ein Wintermärchen [Alemania. Un cuento de invierno] (1844), Heine toma el mismo título que el libro de Mme. De Staël De l’Allemagne (1810), para desmentir que Alemania fuese aquel “nebuloso país de genios” en el que creía madame de Staël:

“la buena señora veía en nosotros [los alemanes] sólo lo que quería ver ¡un nebuloso país de genios, en el que las personas caminaban sin cuerpo, todo virtud, por los campos nevados, hablando tan solo de moral y metafísica! Veía en nosotros por todas partes tan sólo lo que quería ver, y oía solo lo que quería oír o contar; y por ello oía poco (…) En una ocasión se le metió en la cabeza que el hombre más grande del siglo debía emparejarse también con la más grande de sus coetáneas más o menos idealmente. Pero, cuando en una ocasión, esperando un cumplido, preguntó al emperador a qué mujer consideraba él la más grande de su tiempo, éste respondió: “A la mujer que más hijos haya traído al mundo”. Eso no fue galante, como tampoco se puede negar que el emperador no tenía con las mujeres esas cortesías y atenciones de las que tanto gustan las francesas (…) Cuando la buena señora se dio cuenta de que no conseguía nada con toda su persistencia hizo lo que las mujeres suelen hacer en tales casos: se declaró en contra del emperador y lo hizo durante tanto tiempo que la policía le dio la despedida. Entonces vino huyendo hasta nosotros, a Alemania, donde reunió material para el famoso libro que habría de celebrar el espiritualismo alemán como ideal de toda magnificencia, en oposición al materialismo de la Francia imperial. Ella se había encasquetado un turbante excesivamente grande, y era ahora la sultana del pensamiento. Con el mismo ingenio pasó revista a todos nuestros literatos, parodiando al gran sultán de la materia[3]. Igual que éste se dirigía a la gente con un “¿cuántos años tiene?”, “¿cuántos hijos tiene”?, “¿cuántos años de servicio?”, etcétera, aquélla preguntaba a nuestros eruditos: “¿cuántos años tiene?”, “¿qué ha escrito?”, “¿es usted kantiano o fichteano?” y cosas similares …los literatos con los que la exquisita mujer estaba especialmente satisfecha y que le agradaban personalmente por el corte de su rostro o por el color de sus ojos, podían esperar una mención de honor, similar a la cruz de la Legion d’honneur, en su libro De l’Allemagne”.

Atravesando los efectos de superficie que la máscara del personaje pudiese inducir, Heine concluye su sátira con una interpretación:

“El odio al emperador es el alma de este libro De l’Allemagne, y aunque su nombre no se mencione en él en ningún lugar, se ve cómo, en cada línea, la autora mira de reojo a las Tullerías. No dudo de que el libro enojara al emperador de forma mucho más sensible que el ataque más directo, pues nada hiere tanto a un hombre como los pequeños pinchazos femeninos. Estamos preparados para grandes golpes de espada, y ellas nos hacen cosquillas en los sitios de donde más tenemos.

¡Oh, las mujeres! Tenemos que perdonarles muchas cosas, pues aman mucho, e incluso a muchos. Su odio, en realidad, tan sólo es un amor que ha cambiado de silla. De vez en cuando también tratan de hacernos mal, porque piensan que así demuestran algo de cariño a otro hombre. Cuando escriben, tienen un ojo sobre el papel y el otro sobre un hombre, y esto vale para todas las escritoras”.

Vicente Palomera. Miembro ELP y AMP. Barcelona

 

[1] “Famillonario” tomado por Freud de la ficción Hirsch-Hyacinth de Heinrich Heine, en: El chiste y su relación con el inconsciente, Obras Completas.

[2] Heinrich Heine, Confesiones y memorias, Alba Editorial, Barcelona, 2006.

[3] Napoleón