Entre la posición femenina y la posición del analista existe una afinidad, la que tiene lugar en el no-todo y su relación al saber.

No-todo en una mujer es nombrable, no-toda ella puede decirse. Será de ese agujero en lo simbólico de donde podrá emerger la singularidad de cada una. Puede hacer falta un análisis para esto, para detener la deriva que la esconde detrás de la otra y encontrarse así con lo que del nombre no hay, haciendo lugar a su singularidad, autorizándose a ésta.

Es del no-todo desde donde una mujer puede posicionarse en su condición femenina, traspasando los semblantes y el fantasma que limita su sentir y su esfuerzo por decirlo.

Del no-todo surge también el analista. En la “Nota Italiana” Lacan dice “autorizarse no es auto-ri(tuali)zar… Es del no-todo de donde surge el analista”[1].

Lacan, en una conferencia pronunciada en 1968, dirá que “el psicoanalista debe estar a la altura del sujeto, ese que le consulta no por aquello que se encuentra al margen de un saber, sino por lo que escapa a éste”[2].

La condición de no-todo del saber acerca la posición del analista a la femenina y lo conmina a estar a la altura, a saber que no sabe, a saber que “el saber que hay en juego es que no hay relación sexual”[3], lo que no es posible sin ir, al igual que en las mujeres, más allá de su fantasma, más allá de la verdad, aunque ésta sea medio dicha.

El fantasma fálico es un límite, algo que impide ir más allá, tanto al analista en el psicoanálisis que practica, como a una mujer en la relación con su cuerpo, con su goce, con su singularidad. Para Lacan se trató de ir más allá del límite fálico, más allá de “la neurosis universal”[4] que éste instituye, ya que sólo así el psicoanálisis deviene una clínica del uno por uno, alejándose del totalitarismo al que aboca el empuje al “todo”. A su vez, ir más allá de esa neurosis “para todos” puede permitir a una mujer acceder a su más allá, a eso que como nos dice Lacan en Aún, “nada sabe ella misma, a no ser que lo siente”[5].

No hay La mujer como tampoco hay El psicoanalista. Lo fundamental aquí no es que esto sea un interrogante para el psicoanálisis sino que es un interrogante para cada mujer y para cada analista. No hay saber que diga qué es cada uno, y es ahí, de ese agujero, desde donde una respuesta singular puede advenir.

Hay mujeres, una por una, como hay psicoanalistas, uno por uno. Tanto para una mujer como para un psicoanalista, se trata de autorizarse a lo singular, desde su invención, yendo al encuentro con ese saber que no hay y que los semblantes velan.

Es a partir de ese encuentro que un psicoanalista puede hacer avanzar el psicoanálisis, ya que sólo sabiendo que hay un saber que no hay, su saber no se detiene. Se trata de una cuestión fundamental, estar más allá o más acá del fantasma no es una cuestión de estilos, en ella radica lo que hace a la especificidad del psicoanálisis de orientación lacaniana y a la posibilidad de que el analista esté a la altura.

La posición del analista con respecto al saber no-todo pone en juego, no sólo la deriva de su práctica sino también la del psicoanálisis ya que, como dice Miller, “lo que amenaza al psicoanálisis es ¡Que su saber se detenga![6]

Celeste Stecco. Miembro ELP. Madrid.

[1]                Lacan, J., “Nota italiana”, Otros escritos. Paidós, Bs. As., 2012, p. 328.

[2]                Lacan, J., “Entonces habrán escuchado a Lacan”, Mi enseñanza. Paidós, Bs. As., 2007, p. 140.

[3]                Ibíd. p. 330.

[4]                Lacan, J., “La tercera”, Intervenciones y textos 2. Manantial, Bs. As., 2001, p. 94.

[5]                Lacan, J., Aún. Paidós, Bs. As., 1998, p. 90.

[6]                Miller, J.-A., De la naturaleza de los semblantes, Paidós, Bs. As., 2002, p. 88.