“A ese inconsciente no hay amistad que lo soporte” (1)dice Lacan. Salvo, agreguemos, …quizá… una mujer. Esa es la idea y es un hecho que de tanto en tanto, eso ocurre.

Una mujer puede mantener dos tipos de amistad con el síntoma. O mejor dicho, puede ser amiga del síntoma desde dos perspectivas, en el mejor de los casos: la de la histeria y – psicoanálisis mediante – la de la feminidad.

Como histérica ha sido el partenaire de Freud en el descubrimiento del inconsciente. Le enseñó que uno puede identificarse al síntoma de otro, lo cual no asegura ningún tipo de relación más que esa. La identificación al síntoma de otro, que ella padece en el cuerpo propio.

Esta enseñanza tuvo un precio para el psicoanálisis de Dora, porque Freud se detuvo demasiado en ese punto y no vio a tiempo la relación que tenía con lo femenino de la Sra. K.

Freud también lanzó su “¡la Sra. K no es nada para mí!” y recibió su cachetada, bajo la forma de un portazo.

En la forma femenina de la amistad con el síntoma, ella no se identifica al síntoma de otro, sino que ella misma se hace tomar como síntoma de otro cuerpo.

Breve rodeo

En las fórmulas de la sexuación, Lacan ordena dos campos –el masculino y el femenino– por la relación que cada uno mantiene con el goce fálico.

Se trata de posiciones subjetivas determinadas por la relación con ese goce.

Se puede estar en todo o en parte ordenado por él.

Del lado masculino se está del todo ordenado por el goce fálico, a partir de la excepción.

Porque existe al menos uno que dice “no”, que objeta a la función fálica, existe el conjunto para el cual todos sus elementos responden a ella.

En nuestra vida cotidiana –y ciudadana– tenemos un ejemplo sencillo: “Prohibido fijar carteles”, es el cartel que objeta la ley que su misma enunciación funda. Es la excepción que se sustrae del conjunto de todos los carteles que no se pueden fijar en las paredes de la ciudad.

Del lado femenino, en cambio, hay un plus. Ella está no–toda concernida por el goce fálico. Lo que no la hace menos ordenada por él. Pero en una porción de su goce ella “no existe” porque no tiene un sostén identificatorio desde el que establecer un conjunto. Allí, solo allí, ella está ausente de la función fálica. Podríamos decir que está absolutamente sola, lo que equivale al goce envuelto en su propia contigüidad, de las Ideas directivas…

Sin ir muy lejos, sin los desarrollos que exige la cuestión, podemos figurar este estar no–toda ordenada por la función fálica en la división entre madre y mujer.

Ni toda madre, ni toda mujer. Y cuando las cosas no marchan bien, la sombra de una cae sobre la otra (2)

Lo que ocurre es que si “la mujer no existe”, la madre sí.

Aunque habite un cuerpo femenino, en tanto madre ella está del lado macho y tiene sus objetos “a”, sus niños.

Desde este lugar solo se feminiza si su modo de responder a la demanda del niño adopta la forma “dar lo que no se tiene”, que es como se presenta lo femenino en el amor. Mejor dicho, eso es el amor, que es femenino.

Lejos estará de esto si se dedica a atiborrarlo con lo que sí se tiene.

Si no existe la excepción de las fórmulas de la sexuación tendremos, del lado masculino la psicosis y del lado femenino otra cosa que el no-todo: un universal femenino sin excepción. Un “paratodismo” que lleva a los retornos más furiosos y desregulados del superyó.

Es por ese plus, cuando son no-todas porque están en parte en relación con la excepción, que ellas conectan mejor, están más cerca de lo Real, entendido como lo que queda por fuera de la función fálica, de la representación.

En el lugar de la excepción ubicamos al Padre (sea el de la tradición, sea uno ad hoc, singularísimo, a partir de su declinación) porque es una función para nombrar lo Real.

Por lo tanto, lo que del lado izquierdo –tanto para hombres como para mujeres– depende de la excepción, es goce edípico (3)

El no–todo es aquello en lo que el Padre fracasa como nombre. Podemos decir que lo propiamente femenino en sentido lacaniano, nace donde el padre desfallece.

Un sueño

“Mi padre me busca para que lo acompañe al correo. Digo que no porque estoy en un congreso. Al irse veo como al bajar unas escaleras su figura se transforma en la de una mujer inalcanzable, huidiza.”

No hace falta ir al correo para que el mensaje llegue a destino, o el psicoanálisis es un muy buen cartero.

Si el padre no alcanza a recubrir el campo del goce, es porque la mujer introduce el no-todo en el campo del goce sexual. Este será a encontrar, parcialmente como siempre, en el Otro cuerpo, en el amor.

La entrada del no-todo en el campo del goce es la condición para que el que está del lado masculino de la sexuación se ponga en marcha –como un Aquiles para alcanzar a su tortuga-, que está no toda del lado del falo y que, justamente por eso, nunca la alcanza. Un poco más adelante, un poco atrás, pero nunca la encuentra en el lugar justo.

Nunca la alcanza, salvo en la contingencia. Por eso más vale saber hacer con ella. Con ambas, la contingencia y ella. Siempre y cuando el correo funcione y el mensaje llegue a destino sin demasiadas vueltas.

Entonces la imposibilidad del Padre para nombrar lo Real, se traslada a la imposibilidad de decir el goce femenino. “Goce femenino” es un nombre de lo Real. No es decir lo real, que sería encontrar la correspondencia entre éste y el significante, solo es nombrarlo, lo que para los seres hablantes que somos, no es poco.

En todo caso, es una manera de situar lo indecible que es esa parte del goce imposible de negativizar porque está fuera de la ley del significante, fuera del recorrido pulsional y fuera del fantasma. O sea, afuera radicalmente.

En “La tercera” (4), Lacan se autoriza a tratar a la mujer como síntoma de la siguiente manera: “Si defino al síntoma a partir de lo Real, las mujeres expresan bien a lo Real puesto que son no-todas.” (Lo dice con todas las letras en el Seminario XXII)

La idea es que el síntoma abre al campo de lo real y allí se encuentra con lo femenino que aparece como un punto más allá de los semblantes, como un borde de Real.

Digamos, para seguir con el espíritu de nuestro último congreso de la AMP, que en el síntoma lo femenino es el nombre de Un Real, puesto que éste solo es universal (“Lo” real) cuando se trata de la no relación.

Una mujer puede ser síntoma de otro cuerpo

Lacan definió al final de su enseñanza al síntoma como acontecimiento de cuerpo. El encuentro con una mujer puede valer como tal.

Se escuchan hombres que dan cuenta de esto. Por ejemplo el golpe que significa encontrarse enamorado de una mujer, que se salió de la serie de las mujeres con las que entraba en relaciones fugaces, que constituía su defensa ante lo Real del Otro sexo.

“Sensaciones desconocidas, conductas que más vale no contar a los amigos…” “sentirse raro”, decía un analizante. Efectos de un cuerpo afectado.

En el Seminario XXII (5)Lacan atribuye al Padre y al síntoma la misma función, la de lidiar con lo Real.

Para la mujer reserva el lugar de objeto causa de deseo en el hombre pére–versement–orientado.

Desde nuestra perspectiva de la amistad con el síntoma en femenino, ella se presta a alojar ese borde que es el objeto. Permite así, consiente, a que su cuerpo sea también un modo de tratamiento de lo real. Curiosamente, el Un real que ella misma presentifica en el encuentro.

En los términos del Seminario XXII: El síntoma es función de un elemento “del inconsciente que puede traducirse por una letra…” Es la manera de gozar del inconsciente en la medida en que cada uno está determinado por él.

Ese elemento del inconsciente es lo que se inscribió contingentemente en el encuentro con lalengua. Lacan llamó a eso que se inscribe, “letra”, que cava un surco en lo Real. Esta inscripción determina un modo de gozar que se vuelve necesario. No cesa de escribirse el goce del Uno que se repite en el síntoma.

En el encuentro amoroso, este elemento del inconsciente del que un hombre goza en soledad, pasa a ser alojado en el cuerpo de una mujer.

Es decir que ella se hace tomar como síntoma alojando el elemento del inconsciente que determina el goce de él. (6)

Es claro que para Lacan de los años ´70, el padre, el síntoma y una mujer partenaire de un hombre, son modos de lidiar con lo Real. Tanto el contingente, el que sorprende cada vez, como el imposible de la no relación.

Incluso en el prefacio a “El despertar de la primavera” (7) Lacan se refiere a “La mujer como versión del padre…”

Por eso una mujer puede ser sinthome de un hombre, porque le permite alojar en el Otro, lo más autista de su goce.

Lo aloja en el vacío que la habita por ser no–toda, a condición de que haya un decir amoroso.

Esto implica un salto enorme: pasar de la repetición del Uno en el goce del síntoma y del fantasma, al régimen del sinthome en el que se trata de responder a la contingencia.

Solo así podemos lidiar con lo Real y el goce, por la vía del amor, a partir del Otro sin garantía. Alojando en el partenaire el objeto plus de gozar del estilo de amar fetichista del hombre, y con un decir que amarre algo del goce femenino al campo de la excepción, es decir al inconsciente, para evitarle la pendiente al “todismo” sin excepción. Conviene al lazo entre los sexos, que ellas desenvuelvan de a ratitos el goce de propia contigüidad.

Lo femenino no es solo cosa de mujeres. también lo es del analista

El deseo del analista se presenta como un vacío que actúa invitando al analizante a ordenar distinto los semblantes. Lo que requiere de cierto coraje en ambos.

Dicho deseo parte de fundamentos neuróticos, es decir que hunde sus raíces en el goce singular del analista.

Al igual que la mujer –y si fue más allá de la histeria, mejor- , el analista hace hablar.

Ambos hacen hablar a eso que hay en cada uno y no es uno. Es un extranjero.

Lo femenino en ella y en el analista es que hacen hablar desde un punto silencioso, que está más allá del falo.

¡Un punto silencioso en una mujer!

Sí, los hay.

¿Será por eso, se pregunta Graciela Musachi (8) en “El otro cuerpo del amor” que hay tantas mujeres en el psicoanálisis?

Y eso, “sin hacerla mística, militante ni sacerdotisa”.

En una mujer que está en relación con ese punto silencioso, se cree. Se cree que desde allí, desde ese lugar, algo de lo imposible de decir podría ser dicho.

También se cree allí, en el lugar del sujeto supuesto saber, o en la sola presencia del analista.

Fundamento del amor por una mujer y del amor de transferencia.

Así que podemos decir que una mujer y un analista comparten cierta relación con el silencio y el misterio que emana de lo indecible y no tiene afinidad con la garantía.

De ahí el poder de ambos, una mujer y un analista, para hacer vacilar a los semblantes que hacen consistir al Otro.

Cada analista sabrá, en cada caso y en cada sesión, hasta dónde conviene hacer valer ese poder.

Una mujer también suele saberlo, pero eso ya es otra cosa.

Gustavo Stiglitz. Ex AE. AME de la EOL. Buenos Aires

Miller, J.-A.: “Donc. La lógica de la cura”, Paidós. Buenos Aires. Cap. XIII y XIV

Miller, J.-A.: “El ser y el Uno” Inédito