Textos de Orientación: El  goce de ella  que podría cambiarlo a él

El goce de ella que podría cambiarlo a él

Por Rosa López.

“El psicoanálisis, por su particular naturaleza, no pretende describir qué es la mujer –una tarea de solución casi imposible para él.

Sigmund Freud [1]

“Evidentemente, Freud a veces, nos abandona, se escabulle. Abandona la cuestión cuando se aproxima al goce femenino.

Jaques Lacan [2]

La pregunta “¿Qué quiere una mujer?” no solo atraviesa la historia de la humanidad desde sus orígenes hasta nuestros días sino que se ha convertido en La Pregunta por antonomasia del psicoanálisis. Quien supo descifrar el enigma de los sueños tropezó con otro aún mayor. Para Freud la cuestión de lo femenino cobró la consistencia de una roca contra la que se estrellaron todos sus esfuerzos. Utilizando una metáfora menos sólida podemos decir que la mujer es portadora de un jeroglífico cuyo desciframiento, si pretende producir una respuesta de carácter universal, se escapa como agua entre las manos.

En rigor, desde la perspectiva del psicoanálisis no deberíamos hablar en términos de “hombre” y de “mujer”; es solo para abreviar que utilizamos estas palabras según el sentido común. No hay una ontología que defina el ser masculino ni el ser femenino, así como no hay goce pleno porque la castración que el significante infringe al viviente produce una doble negatividad: la falta del ser y la falta del goce. Esta condición estructural afecta tanto a unos como a otras. Sin embargo, lo que atañe a las mujeres es mucho más inaprensible y enigmático, por eso la cuestión de lo femenino está en el origen de innumerables ficciones.

Por ejemplo, la mitología griega utiliza la figura del adivino Tiresias para dar una forma narrativa al enigma. Tiresias, quien habiendo nacido hombre fue condenado por los dioses a convertirse en mujer durante siete años, es convocado por Zeus y Hera a responder a la pregunta sobre cuál de los dos sexos experimenta mayor voluptuosidad. Tiresias puede responder a semejante cuestión por haber habitado en un cuerpo femenino más que por su sabiduría, y afirma que por cada diez partes que goza la mujer, el hombre solamente goza de una.

No es asunto de cantidad, sino de falta de representación

Sea una décima o una cuarta parte, no es la proporción lo que nos interesa, porque cuando se habla de lo femenino la vara fálica que sirve para medir el goce no da cuenta de cómo, cuánto o dónde goza una mujer. El órgano sexual masculino se vuelve elocuente porque su capacidad eréctil le hace apropiado para representar el deseo y el goce. Por el contrario, el sexo de la mujer no dice nada, pues no encontramos en su cuerpo ningún signo que nos oriente sobre su deseo y su goce. El genital femenino se convierte en el lugar de un enigma que produce en el hombre perplejidad e incluso horror. Un analizante lo cuenta de esta manera: “La primera vez que toque el genital de una mujer sentí que no tenía final, que era un agujero conectado con el cosmos, un agujero elástico, como las arenas movedizas, cuyos límites no conoces. Superado por la sorpresa perdí la excitación, después cuando volvía en el metro veía a las mujeres con otros ojos, como si su imagen solo fuera una máscara para disimular un orificio descomunal. Menos mal que me repuse y decidí, ya para siempre, dedicarme a explorarlo”.

El goce femenino escapa al campo de la representación, se torna indefinible y, por ende, incontrolable, por este motivo no es de extrañar que todas las civilizaciones hayan intentado dominarlo. Es este lado opaco el que ha sido objeto de la desconfianza, del temor, del rechazo e incluso del desprecio. Lo interesante es que estos sentimientos no afectan exclusivamente a los hombres, sino que las propias mujeres también los experimentan porque lo femenino constituye el prototipo de la alteridad tanto para unos como para otras.

Lacan toma el relevo de la pregunta freudiana y vuelve a pensar a la mujer, pero desde una perspectiva diferente. Lo que para el primero quedó como una cuestión abierta a la espera de encontrar la respuesta, para el segundo constituye el fundamento mismo de lo real. No hay, pues, respuesta posible ni desde la lógica fálica con la que nos representamos la sexualidad, ni desde la analítica. Dicho de otro modo, por más que el psicoanálisis continuase su investigación sobre lo femenino cien años más, no daría con la ansiada solución al enigma porque es imposible construir un saber sobre aquello que nunca se inscribió en la lógica del significante.

Freud quedó varado en el impasse de las histéricas, quienes, al igual que algunas feministas, creen en una ontología de lo femenino, una suerte de esencia que hay que descubrir ya sea en ellas mismas o en la otra mujer que encarna el ideal. Contra toda ontología, Lacan plantea que el sexo es sobre todo algo que se dice. El discurso de la histérica no dice todo pero hace creer que dispone de un saber en reserva con el que es capaz de seducir al modo de Sherezade. Por contra, la posición femenina propiamente dicha no dice todo pero tampoco promete llegar a decirlo alguna vez porque cuando se habla desde el no-todo en cada decir se está renunciando al universal y al sentido.

Estar advertidos de que no hay un saber en reserva sino un agujero en el saber, no implica que abandonemos la cuestión sobre las mujeres; menos aún, cuando el psicoanálisis gira en torno a ese real del sexo que no puede ser dicho pero que, por lo mismo, provoca un empuje a decir. Lo decisivo para el psicoanálisis es introducir un “bien decir” sobre lo real sin caer en la tendencia generalizada a “mal-decir” lo femenino mediante la lengua del deseo, que es la del falo. Intentar decir todo sobre las mujeres conduce, invariablemente, a la difamación como planteaba Lacan utilizando la homofonía entre dit-femme (dice-mujer) y diffame (condensación de difamar y alma) [3].

No busquéis por el lado de la verdad, sino del goce

Lacan no aborda el enigma de lo femenino por el lado de una verdad inconsciente a descifrar, ni de un secreto inconfesado a descubrir, menos aún del velo que debería caer para mostrar lo que se oculta. Por más que el rajá aburrido exija que tras la caída del último velo le saquen la piel a la bailarina, la esencia de lo femenino permanecerá inaprensible por la sencilla razón de que no existe. Lo femenino es imposible de decir y aún más de velar. Esta manera de pensarlo radicaliza la idea original de Freud quien llegó a concebir el trauma de castración como lo que acontece tras la visión de la ausencia del órgano fálico en la desnudez del cuerpo femenino. En este punto la teoría freudiana coincide con los fantasmas neuróticos con los que cada uno intenta dar sentido a lo inexplicable. Sin embargo, si tomamos lo femenino como un real al que no le falta nada, podemos separarlo de la lógica en la que se juega la partida de la verdad, el falo y la castración

El goce femenino sigue siendo un tema actual para los psicoanalistas porque representa lo real del goce. La mujer, el sexo, y la muerte son distintos nombres de ese real.

La mujer como no-toda veta lo universal

El discurso filosófico tradicional se rige por la estética de la esfera con un centro alrededor del cual gira el mundo como un todo. Se trata de la lógica universal del significante “centro” que promueve la concepción, extraordinariamente bella, de la existencia de un mundo dotado de sentido y, por tanto, consistente.

Aún sin saberlo, por el solo hecho de creer que somos el centro de nuestro pequeño mundo, todos estamos apegados al sentido fantasmático de esta concepción esférica del universo.

Si el psicoanálisis no participa de los sistemas filosóficos de pensamiento es porque objeta que mediante el dominio de una visión elevada o cosmovisión se promueva la idea “totalista” de un cosmos ordenado, cerrado, con límites estrictos y perfectamente entendible.

Lacan nos advierte que el ideal que promueve el Universo consiste en afirmar que con el logos “todo” se logra bien, cuando lo que se logra es hacer fallar la relación sexual al modo masculino, es decir siguiendo la lengua del falo y la castración. Representaciones como el lecho nupcial, el dúo, la alternancia o la carta de amor, son formas de dar vueltas a la ausencia de relación sexual buscando en el comedero de la metafísica aparatos que nos tranquilicen y nos permitan hablar con tópicos para que nada conmueva los límites de nuestro fantasma. Reconozcamos que este funcionamiento tiene sus ventajas porque, a fin de cuentas, nos proporciona el sentimiento de que vivimos en un mundo habitable y que tenemos una existencia insatisfecha pero no insoportable. Evidentemente, hay un goce ligado al sentido común, a la creencia en el acuerdo y en la posibilidad de una relación armónica entre los sexos, aunque dicho goce siempre se muestre insuficiente por su limitación, decepcionante frente a lo que promete, posible pero fugaz, o prohibido y culpabilizador. Estamos en la versión del padecimiento neurótico.

Una diferencia que no es psicológica, sino lógica

Hay otro modo de gozar, el goce femenino, que supone un veto a la promoción del Otro como Universo del discurso y como garante del sentido. Ahora bien, así como es fácil entender que todos busquemos el goce del sentido, resulta mucho más difícil concebir que se pueda gozar en otra dimensión más cercana a la angustia ante lo real que al consuelo de lo establecido.

Si la diferencia entre hombre y mujer no puede formularse desde la perspectiva del ser, Lacan busca otra manera de hacerlo y escribe sus ya famosas formulas de la sexuación utilizando la lógica. En ellas plantea la distinción entre dos maneras de posicionarse respecto a la función fálica con la que se escribe la pérdida de goce en el ser hablante. Del lado masculino tenemos la lógica del Todo, porque la relación con la función fálica es del orden de lo necesario, mientras que del lado femenino tenemos la lógica del No-Todo, porque la relación con la función fálica es contingente. Lo fundamental es que con Lacan la diferencia se establece entre dos modos de estar exiliados de la relación sexual.

La mujer es “no toda” porque su goce es dual, en parte está interesada por el falo, algunas lo adoran y, como decía Freud, en ocasiones han de aceptar el hombre como precio para gozar de su pene (no se trata aquí del falo simbólico o imaginario, sino del órgano real). Pero, por otra parte -y aquí radica su dualidad- también está interesada en S(A/) escritura con la que Lacan afirma que no hay un universo de discurso, ni un Otro consistente que garantice el sentido y cierre el circulo de las representaciones de nuestro mundo. No hay un Todo, por tanto, no hay limites que establezcan lo que está integrado en el conjunto y lo que queda segregado del mismo. Se trata, claramente, de una lógica distinta a la lógica masculina del universal. Si tuviéramos que pasarla al lenguaje freudiano equivaldría a la afirmación de que la femineidad no es castrable. Entramos pues en un territorio que no está determinado por el ideal, donde el acento no recae tanto en la falta como en la inconsistencia. El conjunto no se cierra, por tanto no hay pertenencia ni exclusión. No hay ley, pero tampoco transgresión. Entonces, no lo confundamos con un goce perverso ni con un amor prohibido, tampoco se trata de un canto a la libertad. Soy consciente de que esta manera de aproximarnos al goce femenino, espulgándolo de todo aquello que no es pero sin poder decir lo que es, deriva en una compensación imaginaria que confunde lo ilimitado con lo excesivo, lo inclasificable con la locura, lo raro con lo estridente. Incurriríamos en un error almodovariano si identificamos la fenomenología del goce femenino con las mujeres al borde del ataque de nervios, pero también incurriríamos en un error si, remitiéndonos a las fórmulas de Lacan, hacemos del No-todo un ideal que puede aplicarse a casi “todo”. Convertir la posición femenina en el estandarte de la tolerancia o de la pluralidad y empujar a que los hombres se pasen masivamente de ese lado es, a mi modo de ver, el resultado de una mala lectura. Lacan, viéndose venir el entusiasmo que provocaron sus formulas, advirtió varias veces durante el veinteavo de sus seminarios que no tratasen de sacarle más de lo que ellas pueden dar.

El psicoanálisis comparte, en cierto modo, el veto femenino a la rutina del significante que no hace sino adormecernos en el gusto por el sentido. En ese sentido el discurso analítico no pretende revolucionar, lo que supondría volver a un centro, sino subvertir descentrando el significante del significado pues “ toda persistencia del mundo debe ser abandonada” [4].

Tanto el “universo” como el “yo” representan para el psicoanálisis el colmo de la retórica aristotélica, aparato de goce que crece en la maceta del principio del placer y se satisface con ese blablablá que decepciona a aquellas mujeres que esperan otra cosa de la palabra.

Del sentido de los dichos al decir

Lo único que puede permitirnos escapar a los efectos de significación o de sentido y cernir algo de lo real, es captar lo que está en juego en la enunciación a nivel del discurso y esto es “el decir”. El enunciado no coincide nunca con la enunciación, hablamos con el cuerpo y sin saber.

Los psicoanalistas vetamos el sentido de los dichos pero nos tomamos muy en serio el “decir”. Precisamente es de ese “decir” del que la mujer goza, y aquí radica la diferencia respecto al modo de goce masculino. Él buscará en la mujer esa parte perdida de su propio cuerpo, el objeto “a” que, transformado en fetiche, despierta su deseo y, en todo caso, puede hacer de la voz un fetiche, pero no requiere que se acompañe de un “decir”. Ella, por el contrario, se engancha a la forma erotomaníaca del amor, esperando ese “decir” que como pura enunciación haga vibrar su cuerpo.

Aquí encontramos otro parentesco entre el discurso analítico y la posición femenina que tiene que ver con el gusto por perder el tiempo en el goce de hablar de amor.

Si el “decir” que procede del significante del Otro tachado S (A/) en su carácter extraño e insensato tiene efectos de goce en el cuerpo de una mujer, es por la misma razón por la que lalengua (no el lenguaje), inicialmente extraña e incomprensible, provocó los primeros goces en el cuerpo.

Mientras que en los dichos los significantes se articulan para producir efectos de sentido, el “decir” como enunciación se encarna, penetra los cuerpos, los agita en su condición de cuerpos sexuados. Por eso en el seminario Aún Lacan no se ocupa de la relación entre los significantes sino de la relación entre cuerpos hablados y hablantes, diferentemente sexuados, juntándose en la cama.

El Otro goce ¿se obtiene mediante el partenaire y en la cama? Distintas lecturas

La experiencia del entrecruzamiento de goces que puede producirse en el encuentro de dos cuerpos revela una diferencia radical entre el modo de goce masculino y el femenino. Incluso cuando los participantes en el acto estén, generosamente, más ocupados en la satisfacción del otro que en la propia o se esfuercen por sincronizar el clímax, se verifica que el ideal de gozar “en” o “del” cuerpo del Otro (y viceversa) es imposible. “No me es dado ni dable otro goce que el de mi cuerpo” [5] afirmación con la que Lacan establece una condición general que afecta a ambos sexos.

Se han dicho muchas cosas contradictorias acerca de la relación del goce Otro con el partenaire, y esta será la pregunta que dejo abierta. Algunos se autorizan en Lacan para sostener que es a través del hombre actuando como “relevo” que la mujer puede acceder a ese goce más allá del falo que la hace Otra para sí misma.

Ocasionalmente, ella puede encontrar ese Otro goce en el marco de la experiencia erótica con un hombre que funcionará como “relevo”, en especial cuanto menos apegado esté él a los esfuerzos fálicos, pero siempre habrá una duplicidad en el lazo, pues en lo relativo al goce la mujer se desdobla.

Frente a el goce femenino “distinto y paralelo del que obtiene por ser la mujer del hombre” [6], este último puede sentirse confundido, excluido y a la vez fascinado por el misterio que supone, pero también puede producirle un odio indialectizable que le lleve al ejercicio de la violencia.

Algunos ven a la mujer como un ser frío, vanidoso y egoísta en el que no se puede confiar cuando de lo que se trata es de lo insoportable que les resulta la confrontación con un goce que no se juega en la liga fálica y que, sobre todo, no se ocupa del hombre. “El amor que la mujer da a su esposo no se dirige al individuo, incluso idealizado, sino a un ser más allá” [7].

El goce femenino: entre el Uno del órgano y el Otro del amor

Paradójicamente, ella se entrega ilimitadamente a un hombre y a la vez nunca se entrega toda. Siempre habrá Otro goce que se dirige a una alteridad radical, lugar de un deseo sin ley ni ideales donde emerge un decir insensato que toca lo real de su cuerpo.

Dios puede ser una de las figuraciones imaginarias de ese partenaire radicalmente Otro cuyo deseo no está orientado por el falo, pero también “el amante castrado”, “el hombre muerto” o “el íncubo ideal”, figuras invocadas por Lacan en “Ideas directrices para un Congreso sobre Sexualidad Femenina”.

Tomaré el ejemplo que nos ofrece una mujer quién, después de recibir por parte del analista la indicación de que es necesario abrir un tiempo para comprender sus embrollos amorosos, en la sesión siguiente confiesa que acaba de conocer al hombre de su vida. “Por cierto, añade, hay un pequeño detalle, es parapléjico, pero ha conseguido descifrar mi código y es el único que sabe manejarme a mi antojo (curioso oxímoron)”. Forzando el ejemplo dejaremos de lado la posibilidad, más que probable, de que únicamente se trate de un acting histérico destinado a destronar a su analista varón. Sin embargo, vamos a suponer que el parapléjico, así como otros hombres lisiados que protagonizan ciertas historias de amor femeninas, representa a ese “hombre castrado” (que no es lo mismo que impotente) que consigue acceder al territorio femenino situado más allá del límite fálico. A esa zona solo se puede entrar armado con un deseo que no teme a la amenaza de castración. De este modo, un hombre castrado puede hacer el amor con las palabras y convertirse en ese “al menos uno” que renuncia al falo por ella, y está dispuesto a reducirse a su estado de “pura existencia” [8].

Hay una diferencia entre el acto sexual comandado por el goce fálico con sus limitaciones y “hacer el amor”, que solo sucede sin buscarlo, cuando algunas palabras del Otro llegan a tocar lo real del cuerpo y provocan eso que denominamos el goce femenino y que no acabamos de saber en qué consiste.

Para las mujeres no es fácil estar del lado femenino del goce, “ninguna aguanta ser no toda” [9], nos dirá Lacan. Mantener una relación estrecha con el Otro barrado y su extraño deseo es angustioso y a veces conduce al extravío, por ese motivo algo de la mujer necesita encontrar un “nombre” más que un “hombre”, aunque sea este quien puede llegar a proporcionarle, a través del amor, una nominación que le de un anclaje y la defienda de la angustia. “Soy amada, ergo soy” es el cogito femenino que otorga al amor una función crucial en la existencia pues solo por esta vía, y no por la del saber establecido, ella puede encontrar una nominación singular.

Insistamos en que no cualquiera puede llegar a producir este efecto sobre una mujer, pues para conseguirlo es necesario que lo haga desde ese decir de la enunciación que él mismo desconoce y que no obedece a intencionalidad alguna, dando lo que no tiene y en posición sintomática.

En esas ocasiones afortunadas el Otro balbucea en el hombre y entonces puede “atraparla de la buena manera” [10]. Pero convengamos que enfrentar la femineidad en su desnudez, sin la vestimenta de la ilusión fálica, resulta angustioso. Llegados a ese punto se requiere el coraje de seguir adelante cuando se ha perdido el marco referencial y se está próximo a lo real. Si acaso logra sobreponerse y avanzar, el hombre puede descubrirse a sí mismo en una dimensión que hasta entonces no conocía, y que le permite ser hombre de otra manera.

En definitiva, hay algo en la mujer imposible de decir y esto afecta a todos los seres hablantes sin excepción. Frente a este imposible se pueden construir innumerables ficciones para darle un sentido, también innumerables vestimentas con las que cubrirlo. Aún así, no hay manera de reducir su incidencia a cero y seguirá produciendo la angustia propia de la presentificación de lo real. El proceso analítico nos enseña que no se trata de comprender ni de dominar, sino de soportar de otra manera lo real. Una manera menos tonta, menos torpe y menos violenta.

 

  1. Freud, S. 33ª conferencia. La feminidad, 1938.
  2. Lacan, J. Seminario XVII El reverso del psicoanalisis. Pagina 75.
  3. Lacan, J. Seminario XX Aún. Pagina 103.
  4. Lacan, J. Seminario XX Aún.
  5. Lacan, J. Seminario XIV La Lógica del fantasma.
  6. Lacan, J. Seminario XVI, De un Otro al otro.
  7. Lacan, J. El Seminario, libro 2, El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica.
  8. Lacan, J. Seminario XIX … O peor. “ella no está contenida en la función fálica sin empero ser su negación. Su modo de presencia es entre centro y ausencia. Centro: es la función fálica, de la cual ella participa singularmente, devido a que el al menos uno que su partenaire en el amor renuncia a la misma por ella, ese al menos uno que ella solo encuentra en estado de no ser más que pura existencia. Ausencia: es lo que le permite dejar de lado eso que hace que no participe de aquella, en la ausencia que no es menos goce por ser gozoausencia”.
  9. Lacan, J. Seminario XX Aún.
  10. Lacan, J. Seminario XVI De un Otro al otro.